Ser madre soltera: la elección que cambió mi vida (PARTE I)

No tener pareja y querer ser madre

Yo no soy la única mujer que quería ser madre y no tenía pareja. Somos muchas. El estilo de vida actual, el desarrollo de la carrera profesional o algo tan común como no consolidar una relación sentimental me hizo alcanzar los 38 años sin haber sido madre. Esto no es ningún problema si no se quiere tener hijos o, al menos, si no es algo que se plantee como indispensable en tu proyecto vital. Pero en mi caso, aunque lo negué durante algún tiempo, fue tan demoledor que llegó a derivar en ansiedad e incluso en inseguridad. Hasta que di con el remedio a mi problema: quería ser mamá y punto. Mi tristeza no se debía a esta ruptura sentimental o a aquella. Ni a un malestar laboral, familiar o social. No. Simplemente quería ser madre; el tiempo pasaba y no tenía pareja. Y sin pareja no hay hijos… ¿o sí? Bueno, trascurriría algo de tiempo hasta que considerara la maternidad en solitario como una opción.

Es cierto que nuestras vidas están llenas de frustraciones y que es necesario y sano aprender a asumirlas. Pero antes de eso, soy de las que piensa que hay que intentarlo por todos los medios antes de tirar la toalla.

En este caso, había una solución clara: la reproducción asistida con semen de donante. Pero crucé muchas tempestades hasta llegar al oasis donde anidaba la solución a mi problema.

Plantearse ser madre sin pareja con semen de donante

Era algo de lo que había oído hablar desde mi adolescencia. De hecho, recuerdo afirmar en mi época de bachiller que si para los 34 años no tenía hijos con alguien, los tendría sola con una inseminación artificial. ¡Vaya! No andaba desencaminada, porque la fertilidad cae en picado a partir de los 35. ¿Por qué puse el límite en aquella edad, si no sabía de fertilidad ni estadísticas? Ni idea. Supongo que para entonces me imaginaba ya como una mujer mayor y asentada. Ya sabemos lo relativo que es esto de los años: para una niña pequeña una de veinte es una vieja; para una de veinte una de 35 es una señora que ya tiene que tener casa, marido, hijos y trabajo estable. Y una de 35… pues se siente tan joven como si tuviera 20, pero con la responsabilidad de una persona de 35 y la frustración de no haber conseguido ni la mitad de cosas que con quince te parecen normales, como si te las concedieran de serie.

Al comienzo de la treintena, cuando vi claramente que tenía una edad más que normal para tener hijos, no me pareció tan buena idea ser madre soltera porque esa vieja de treinta y tantos, ese avatar que había imaginado en mi adolescencia, seguía siendo una chica todavía joven, con expectativas por cumplir.

Esa era mi primera pega a aquel plan perfecto. La segunda, que insistía en apostar por el método tradicional para formar una familia porque un ser tan enamoradizo como yo consideraba que el sumun del amor era una pareja a mi lado y un hijo de ambos.

La tercera traba tenía que ver con la incertidumbre que me provocaba desconocer la identidad de la otra mitad de mi hijo.

Así que con tantos inconvenientes me dije que eso de tener hijos no era mi mayor problema, sino una insatisfacción más que enturbiaba mi vida.

Los años pasaban y con la perspectiva del tiempo llegué a verbalizar lo que me acuchillaba en aquel tiempo: me estaba ahogando en mi propio amor. Deseaba compartir todo lo que podía dar, era demasiado para quedármelo yo sola. Por eso necesitaba canalizar mi amor sobre alguien que fuera un proyecto de vida.

Lo dejé pasar por un tiempo, pero la ansiedad y la tristeza se fueron apoderando de mí como una niebla que se cuela bajo la puerta e invade el cuarto hasta dejarlo gris. No encontraba a nadie a quien querer. En mi caso no retrasé la maternidad por la carrera profesional, sino por no hallar a la persona adecuada en el momento adecuado.

 Frustración por no ser madre

Estaba perdida, fue la época más confusa de mi vida. Quería amar incondicionalmente sin percatarme de que a nadie se le quiere toda la vida como a un hijo. Pero todavía no había dado con el antídoto.

Tras unos cuantos fracasos sentimentales toqué fondo. Seguía pensando que mi tristeza se debía a no encontrar pareja, hasta que me sinceré conmigo misma para asumir que lo que en verdad me abatía era la consecuencia de no conseguir lo anterior: una oportunidad menos de ser madre cada vez que se rompía una relación. Dicho así suena demasiado instintivo, demasiado animal… pero tal cual lo sentí yo. Un deseo que partía desde las entrañas (y nunca mejor dicho). Descubrirlo me dio vértigo. Ese era el único motivo de mi malestar y también, por qué no decirlo, la razón de haber olvidado cómo elegir con criterio y comenzar una relación con buen pie: no hay peor enemigo del amor que las prisas.

 Acudir a una clínica para ser madre soltera

Ya tenía localizado el motivo de mi ansiedad, mi losa. Ahora tocaba decidir cómo replantearme mi vida:

  1. Seguir esperando a que sucediera algo por arte de magia.
  2. Elegir bajo presión a una pareja inadecuada por culpa del reloj biológico.
  3. Tomando las riendas de mi vida.

Un sábado de marzo, allá por 2013, mantuve una conversación con una de esas amigas-hermanas. Se llamaba Vir. Le dije que lo que me pasaba es que quería ser madre, más que esposa o cualquier otra cosa. Pero no sabía cómo hacerlo. Entonces ella me propuso ser madre con un donante. En un segundo recordé mi planteamiento de adolescente. Pero aquello lo había dicho con la boca pequeña, cuando lo veía lejos.

A lo largo de la charla fuimos encontrando razones positivas para apostar por la idea, incluso supe encajar bien la cuestión del donante anónimo: se trataba de una persona altruista que me ayudó a cumplir mi sueño. Además, al fin y al cabo, mi hijo seguiría siendo fruto del mayor amor del mundo. Y ese amor puede con todo.

No me daba miedo enfrentarme a la maternidad en solitario. Me conozco: en la adversidad me crezco, en la derrota huello cimas, en el dolor camino aunque me destrocen los huesos… pero en el sufrimiento hiberno. Se acabó. Ya era hora de reivindicar mi primavera. Tracé un plan. Mi gran plan.

Mis pasos para ser madre soltera por elección

Ser madre soltera: la elección que cambió mi vida

Me di un plazo hasta noviembre de 2014 para hacerlo de la manera tradicional, a la par de preparar el tablero para la maternidad en solitario. La mayor prueba de ello es que en febrero de 2014 dejé el tabaco. Era una fumadora como la copa de un pino, de las de paquete diario. Pero nada me importaba más que mi proyecto, así que debía estar preparada ese año por si tenía que echar mano de la reproducción asistida.

Otra señal clara del diseño de mi plan fue la información. Comencé a leer acerca del proceso de la maternidad en solitario. Consulté sitios web como masola.org  o madressolterasporeleccion.org y comprobé que no era tan extraña esta decisión. Aunque seguimos siendo una minoría, hay muchas mujeres que eligen este método. Todo aquello me animaba.

Por supuesto, amplié mi conocimiento sobre el propio proceso de la reproducción asistida, las opciones que había: que si la inseminación artificial, que si la fecundación in vitro, que si la ley en España sobre los donantes anónimos…

Y cómo no, investigué dónde podía someterme a una reproducción asistida  en Vitoria. Descarté la Seguridad Social casi de inmediato por la lista de espera y mi edad. En julio de 2014 cumplía 38 años y si tomaba la decisión de ser madre con semen de donante no estaba dispuesta a alargar mi malestar con la agonía de esperar. En mi caso fue fácil: encontré a ART, que era pionera en Vitoria como clínica privada de reproducción asistida, haciendo todo el proceso de principio a fin (todavía es la única que lo hace). Para mí, que no contaba con una pareja que me ayudara en la logística, desplazamientos, etc., era un valor añadido el hecho de realizar todos los pasos sin moverme de Vitoria. Me apunté la dirección, el teléfono y el correo electrónico.

Viví un tiempo con la tranquilidad de llevar conmigo un plan en el bolsillo. Desde la serenidad conocí a un chico encantador e intentamos una relación, aunque no dio sus frutos (al menos como pareja, porque seguimos siendo amigos).

El día que rompimos fui a casa de mi madre. Estaba también mi hermano Hugo. No les sonó extraño, ya se lo había advertido tiempo atrás.

“Así que ahora necesito vuestro apoyo incondicional porque voy a ser madre yo sola. Mañana escribiré a la clínica que os dije para pedir una cita. Pediré un préstamo, un coche vale más. No tengo miedo, estoy muy contenta, así que vosotros tampoco tenéis que tener miedo. Ya es hora de ser feliz”.

En el próximo capítulo te contaré la siguiente etapa de esta aventura: cómo fue mi primer día en la clínica, las pruebas, el tratamiento, qué problemas tuve, quién estuvo a mi lado en todo el proceso… ¡No te lo pierdas! Pero antes, ¿qué me dices de ti? ¿Estás viviendo algo similar o totalmente distinto? ¿Qué es lo más difícil para ti en este proceso? Anímate a compartirlo. Todas las voces son de gran ayuda.

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